Estoy a dos llamadas perdidas de encontrar el teléfono y
tirarlo por la ventana. O quizás llamarme y dejarlo conmigo, no sé. Siempre me
han gustado las películas en blanco y negro cuando carezco de motivos para
enfadarme con el mundo. A mi mesita de noche le hace falta tomar el sol y tengo
una baraja de cartas marcadas con la única que decidí no hechar en el buzón por faltas de ortografía.
Últimamente solo llega propaganda y me parece la excusa perfecta para cometer
un atentado contra los carteros: la próxima vez que se te ocurra colar un papel
bajo mi puerta, que sea para fumar, por favor.
Las chicas nos pintamos los ojos por no pintarnos monos en la cara, créeme, el propósito es el mismo. La única diferencia es que lo primero lo venden en tiendas de cosmética y para lo segundo necesitas una orden que certifique tu cuerdalidad. O me atas o te mato, gritó la cuerda a la horca, a fin de cuentas estás en números rojos y a ti el único color que te sienta bien es el azul. Reconócelo, el cielo estaría acojonado de ser consciente de su propia altura. Imagínate la hostia.
Las chicas nos pintamos los ojos por no pintarnos monos en la cara, créeme, el propósito es el mismo. La única diferencia es que lo primero lo venden en tiendas de cosmética y para lo segundo necesitas una orden que certifique tu cuerdalidad. O me atas o te mato, gritó la cuerda a la horca, a fin de cuentas estás en números rojos y a ti el único color que te sienta bien es el azul. Reconócelo, el cielo estaría acojonado de ser consciente de su propia altura. Imagínate la hostia.
Hoy el día pinta verde y mis pulmones echan de menos
ahogarse con el humo de su propia fábrica de chocolate. Oye, Jack, pásame otra
tableta, que tengo mono de subirme a un árbol y espiar a las parejas que pasean
por el parque. El Retiro hace estragos en mi garganta cuando quiero gritar tu
nombre y se atraganta mi voz. Cuánto abarcas para tan poco puerto. Yo también sé escribir sin sentir tenido y no me parece una mala idea
para esta tarde de domingo con calcetines de sábado. Estudiar me pone cariñosa
y la única compañía que ha querido estar conmigo esta mañana ha sido Vodafone.
Menudos cabrones esos también. Yo les he dado conversación y resulta que la
única oferta de la que carecen es la de dar compañía, precisamente.
Qué más da todo, ¿no? Ponerle nombre a los días es la
táctica más patética creada por el ser humano para esperar con ansias un día
que nunca es hoy. Y así nos va. Queriendo siempre lo que no podemos y teniendo
siempre ganas de tener más. A veces me gustaría ser uno de esos gatos de
interior que los humanos acarician con cara de idiotas por el absurdo hecho de
pesar cinco kilos más de lo que su salud le permite. Qué vida la de esos
malditos cabrones –pienso yo, todo el día comiendo, jugando y escupiendo los
pelos que le faltan a mi lengua cuando se trata de esculpir verdades. Como
templos, el de Debod.
Otras veces, simplemente, me gustaría ser cualquier otra
persona para leer cosas como ésta e imaginar la vida de quien hay detrás del
teclado después de descubrir que llevas cuatro párrafos y medio leyendo y aún no le
has encontrado sentido a este texto.
Y no me extraña.
Quien lo descubra, gana.