sábado, 4 de agosto de 2012

(tres puntos y un punto y final)



Tomaré aire para escribir lo siguiente, pero.

Si alguien te saborea espero sinceramente sepa degustar tu piel como se debiera degustar un mismísimo Cabernet Sauvignon. Que su saliva aterciopele las heridas que con tanto placer y tiempo amansaría yo. Que no se disculpe por desgastarte en gemidos ni tampoco se moleste en intentar silenciarlos. Que aún no se ha inventado cojín para tal hazaña. Que encuentre ese punto sobre el cuál no puedes evitar retorcerte y estallar y morder todo aquello que alcancen tus dientes y destrozar la cama y destrozarme a mi. Quiero decir. A ella.

Que no deje de mirarte una sola milésima de segundo ni de besarte ni de lamerte ni de tocarte de arriba a abajo porque si algún día te pierde [te aseguro yo que] la almohada deja mucho que desear en mitad de la noche. Que coja un frasco vacío de cualquier olor y guarde ahí el de tu pelo despeinado tras la más placentera de las batallas. Que como un astronauta en mitad de cualquier planeta llegará un momento en que sus pulmones sólo admitan tu fragancia para respirar.

Que jamás y por encima de todas las cosas deje en ningún momento de decirte que eres el amor de su vida porque -disculpa mi lenguaje- qué estúpida sería de no querer serlo tras mirarte a los ojos.

[volveré a tomar aire para terminar esta carta pero.]

Si alguien te saborea espero que lo haga con cuidado, con dulzura, con esmero, saboreándote en vertical y horizontal y en 180 grados. Y vuelta a empezar.

Y que no diga que nadie le advirtió. Que esta carta no es sino lo que sentirá algún día de no hacer todas y cada una de las cosas que aquí dejo escritas. Que las haga. Díselo. Que las haga todas. En todos los idiomas y dialectos. Con todos los acentos y sin faltas de ortografía. Que cuide bien la letra y te cuide mejor a ti.

Que de lo contrario-.

se arrepentirá y se odiará y se castigará y morirá muy lentamente cuando una vez sin ti. (punto). Sienta que ha dejado escapar al amor de su vida.

Hazle llegar esta carta porque. (punto). Cómo no compadecer a otro ser humano que quizás. (punto). Pueda sentir esto que siento yo. (punto y final).


Mónica Gae.

martes, 31 de julio de 2012

Y así murió en la madrugada.


Me han cortado las manos. Me han clavado el puñal tan hondo que la circulación apenas me alcanza para respirar el veneno de sentir semejante dolor. Es una bala que ha perdido el rumbo y me alcanza en el puto centro de la herida [cada vez que creo saber qué siento. O qué no siento. O lo qué temo sentir.]  Me han cortado las manos. Y la boca y los labios y la lengua y maldita sea. Esta ausencia de cualquier sentimiento me hace padecer afasia y una niebla interna que sólo el frío sería capaz de apaciguar. Me han cortado las manos. Los dedos, la garganta. La capacidad de expresar que lo único que quiero en este infierno de nostalgia es meterme una sobredosis con su saliva hasta quedarme atónita en el suelo suplicando un día más de esta vida perra para poder publicar mi rendición ante sus ojos. Ante cualquiera. Y que se mofen. Que se rían y aplaudan mi derrota como quien sonríe al ver morir la noche. Me han ahorcado durmiendo mientras yo soñaba con inspirar el olor de su pelo enredado entre mis dedos. Me han esposado en una cama y rezo por no conocer jamás la identidad de las manos que recorren mi cuerpo. Me arrastro, me amanso y pido clemencia por engañarme mientras mis labios besen otros y mi piel sea evaporada por otro cuerpo. Pido guerra y destrucción y odio y deseo ceguera pues de observar que el sudor que creo pasadas las dos de la madrugada no es el suyo ni son sus ojos los que me desnudan ni son sus piernas las que me abrazan ni su lengua la que me eriza moriría de la forma más violenta entre las muchas tantas en que el tan patético y frágil ser humano puede morir.

Moriría sin ti y en tu nombre. Pero siendo tú cualquiera y siendo tu nombre todos menos el tuyo.

Mónica Gae.

viernes, 27 de julio de 2012

Después de la tormenta.



Después de la tormenta, de la jodida tormenta, 

tú. 

La tempestad disfrazada de calma. Mi último salvavidas en medio de esta nada infinita de arena que no hace sino infectar la herida.

Tú.

Tú que conoces cómo hacerme sonreír y perder los papeles y hacerme soñar y dejarme sola en cualquier calle para que vuelva por mis propios medios a ti. O en su caso, a cualquiera. Porque sabes ciertas cosas y por ello sabes que me gusta perderme en mi misma y en ti y en otras pieles quizás, pero sobre todo, sobre todo sabes que me gusta sentir que soy capaz de encontrarme en un momento de caos y drama que consiga causar estropicios reales en mi sien.

Tú que conoces ese punto en mi espalda y ese otro en el cuello. Tú que sabes qué decirme para que me quede sin palabras y qué hacer para conseguir que se me amontonen en los dedos. Tú, que siempre huyes y vuelves y te vas y no regresas pero siempre estas. Tú que conoces tan bien que me muero de celos cuando le escribes a ella y que odio los celos y me odio por ello pero sobre todo, en ese momento, te odio a ti. Y a ella. Maldita sea. Cómo la odio a ella en ese momento.

Porque conoces lo malo y lo bueno de esta historia a la que podría titular Mi vida y aceptaste y aceptas que a veces no quiera escribir tu nombre en ella. Que aceptas lo mejor y lo peor de que en ocasiones prefiera una hoja en blanco a contarte a ti lo que siento. O lo que no siento. O lo que temo sentir.  Porque como tú dices,

“eso que escribas lo podré leer aún cuando te hayas ido y, muy a mi pesar, sé que algún día te irás.”

Y te quedas tan a gusto después de pensar soltar eso.

Y en ese momento te estamparía el mismísimo portátil y la estantería y el libro que me regalaste y mi mano abierta en la cabeza pero luego te miro y me miras y yo recuerdo por qué piensas dices eso y me amanso.

Me amansas.

(Cómomegustaesapalabra).

Te miro y me miras y me tengo que callar y tengo que tragarme las ganas de odiarte, el orgullo y esta bipolaridad enfermiza. Te miro y me miras y tengo que tragarme que quizás sea la maldita verdad.

Porque tú, joder, tú también escribes y lees poesía y dominas tanto vocabulario que temo a veces necesitar un diccionario cuando hablamos. Y me haces muy pequeña, diminuta, me conviertes en una triste inseguridad andante y yo temo serte sincera y que descubras que tras este personaje existe también una persona, un ser humano normal y corriente que a veces olvida escribir y utiliza la Wikipedia para saciar la incertidumbre de no saber si ciertas provincias se escriben con B o con V.

Y tú no te inmutas ante tal revelación de ignorancia, como si te concentraras en engañarte y el más mínimo pestañeo fuese a destrozar nuestra idílica mentira de amor y odio y veneno y huídas y venidas.

Tú, en contra de cualquier previsión, mantienes esa forma de mirarme y tocarme y decirme sin palabras que el silencio es la mejor conversación. Y me matas y me destrozas y duele y sangro y tú lames -sólo en contadas veces- las heridas que nos causamos. Y no sabes, porque no te lo digo ni te lo dije ni te lo diré que esta ausencia de ti me despierta a veces en mitad de noche y no puedo despertarte ni llamarte ni escribirte porque claro, no podemos hablar.

"Eso no sería poético."

Sería romper el drama.

Y tú, tú necesitas el drama tanto como yo. Y puede, solo puede, que esta catarsis que nos une y nos separa a tantísimos kilómetros no nos corte nunca las alas y nos mantenga en este cielo o infierno o purgatorio. O puede que sí lo haga y nos estampemos con la mismísima realidad paralela que tú vives en sueños y yo intento soñar despierta.

Porque somos parte de una novela, de una maldita tragicomedia, del humor negro de Hemingway o el sarcasmo resentido de Bukowski.


Y sería muy triste pensar en voz alta para dos yonkis del drama,

que

tú y yo nunca tuvimos ni tenemos ni tendremos nuestro tan amado final.







(o sí y lo que acabas de leer
no es sino
 la última página de esa historia.)


Mónica Gae

martes, 24 de julio de 2012

Absurdo combate cuerpo a espada.

‘Te sigues yendo y ya solo quedan
recuerdos
cada vez más difusos de lo que un día pude llamar
realidad”

Te sigues yendo,
y temo que esta vez no haya vuelta atrás.
¿Cómo memorizar un nombre
que nunca me atreví a escribir?
¿Cómo cicatrizar, si la herida
ya
no
sangra
 y el alcohol no desinfecta?

Acaba de una vez conmigo y
llora
tus tan cínicas lágrimas
sobre este corazón deshecho.

Apenas te imagino ya 
sobre
mi 
cama
segundos antes de cerrar los ojos.
Apenas creo saborear
tu
olor
entre las sábanas de seda
que tanto imaginé 
sobre 
tu 
cuerpo.

“Desnuda eres tan frágil.
Tan volátil.”
-repetías.
O
quizás
lo
imaginé
también. 

¿En qué momento fue declarada esta
absurda guerra?
¿Quién disparó a quién tan profundo y
cómo pudo atreverse el tiempo a
no detenerse ante tal masacre?

Me clavas tus
palabras.
Me destrozas y me
amansas.
Y yo cargo mi fusil y
disparo
versos
directos a tu yugular
desnuda.

Debí haberte robado
la espalda
cuando me la diste por primera vez.

Debí
haber
conservado
la
factura
de
todas
tus
caricias
para poderlas devolver.


Mónica Gae.

lunes, 16 de julio de 2012

Medios besos y medias tintas.


Déjame quererte a medias, odiarte un poco. Que a mí me encanta tu sonrisa pero no me vuelve loca. Y oye, así es perfecto. Tú y yo no necesitamos coartada. Bien sabes que mi corazón pierde sangre con cada latido y bien sabes que no es por ti. También yo sé en quién piensan tus labios, o al menos sé que no es en mí. Y qué más podemos pedir si somos cicatrices sin puntos de sutura.

Vamos, levántate que se nos hace tarde. Dúchate tú que ahora te alcanzo yo. Prepara café que yo lio un par de cigarros. Ay, qué suerte dar contigo, qué bien saben mis heridas en tu lengua. Tu saliva me anestesia, me retuerce y me calienta. Dime, ¿cómo se llama ella? ¿cómo te dejó escapar? No, espera. Mejor no me lo digas. Bésame primero y luego, si eso, te lo vuelvo a preguntar.

Mientras, seamos la mitad de un cuarto de nuestras vidas, seamos un poquito de lo tanto que nos queda en el desván. Finjamos un par de minutos al día que nos queremos a medias, o al menos, que no queremos a otros labios. Solos tú y yo, ¿te imaginas?

Cuánto amor sin utilizar, qué pena, qué lástima. Cuántos besos y caricias y piel de gallina sin probar. Yo te cedo mis lunares, tú procura no perderlos. Cédeme tú a mi tus ojos, o al menos esa forma que tienen de mirarme a veces, cuando el pelo se me alborota y te recuerdo a ella. Es muy dulce y trágico y casi ácido todo esto, pero no sabes lo adictivo que también resulta. Qué mezcla de sabores, qué éxtasis gustativo.

Si te fijas, somos la historia de amor perfecta. Pero sin amor. A mí me vuelven loca tus manías y a ti te pierde ese punto triste que dices que tienen mis manos. A mi me encanta acurrucarme sobre tu pecho y a ti te hacen gracia esos pequeños gemidos que no puedo evitar si me tocas cierta parte de la espalda. Y qué bien te conoces esa parte, oye.

Anoche le estuve dando vueltas, ya sabes, a esto que parece que somos sin serlo. Es curioso, inquietante incluso. No todo mundo sería capaz de comprenderlo, qué pensarían si lo supieran. Dirían que nos conformamos mutuamente, que somos pura simbiosis, que alguno puede salir herido, que no es sano. Dirían que somos las migajas de dos historias, como esas películas que se cortan a mitad y luego te toca a ti imaginarte el resto.

No tienen ni idea, pobres. Tampoco les culpo, no es fácil de explicar. Tú y yo somos en realidad pura poesía, puro drama me atrevería a decir. Somos parte de un naufragio, tú me salvas a mí y yo a ti. Nos damos bocanadas de aire y resucitamos cada noche entre orgasmos y formas de placer desconocidas. Somos todo lo que podríamos ser, nos damos sin pedir a cambio todo cuanto podemos darnos. Yo te regalo el silencio justo para pensar en ella y tú me das a mí mis ratos para soñar también. Pero solo ratos, el tiempo justo.

Luego tú me preguntas en qué estaba pensando y yo te miro y te digo que deberías haber dicho “en quién”. Tú te acercas y me regalas tu sonrisa más tierna y me miras como se mira a una niña que se acaba de caer y no quiere llorar delante de los otros niños. Me das un beso y me acaricias la cara y me preguntas si ya se me ha pasado. Yo te digo que si pero que necesito otro. Tú me lo das y yo te sigo pidiendo más. En realidad sabes que por muchos que me des nunca se me pasa del todo, pero me pides que te mienta y yo te engaño sin pensarlo.

Luego eres tú quien se ausenta en mi misma cama y yo te escribo en la espalda el camino de vuelta hasta mi pecho. Y tú lo encuentras, aunque a veces tardes en mirarme a mí sin pensar en ella. Pero siempre acabas mirándome. Siempre acabamos encontrándonos.

Nos curamos, nos desinfectamos de esta vida perra. Nos besamos en la frente cuando algo va mal, y en el resto del cuerpo cuando todo va mejor. Y qué labios. Qué ojos. Qué forma de mover la lengua. Qué manera de cicatrizar más dulce. Sin mentiras, con las cartas en la mesa.

Porque la mitad de dos besos acaba formando un beso entero y yo sé que nos medio besamos, nos medio sentimos, a veces nos medio queremos y a veces, incluso,

 ...un poco más.


Mónica Gae.

sábado, 7 de julio de 2012

Te esperaré. Nos esperaré.







Cierra los ojos, y déjame contarte algo..

Anoche soñé contigo y soñé con el siguiente capítulo de nuestra historia, el que ni tú ni yo nos atrevimos a leer por miedo a que fuera el último, el que decidimos marcar doblando la esquina superior derecha de la página, con la esperanza de que quizás, algún día, quisiésemos volver a leernos.

Tú estabas esperándome en el andén y yo llevaba cinco horas de trayecto pensando en si esta vez, deberíamos darnos uno o dos besos. Tus labios me dieron dos, pero tus ojos me miraban con un tono ocre que decían todo lo contrario. Y yo, acojonada, apenas tenía valor para mirarlos.

Un escalofrío me recordaba a la par que llegaba el metro en la posibilidad de que nunca volvieras a ser tú quien me esperase en la estación. Tú notaste algo en mi y me besaste con cuidado.

Entonces comprendí, que nos habíamos convertido en dos trozos de cristal frágiles temiendo el golpe definitivo que consiguiera lo que tan imposible parecía tan sólo unos días antes… rompernos en mil pedazos sin posibilidad de reconstrucción.

Dime, ¿en qué caricia nunca dada llegamos a este punto? ¿en qué kilómetro empezó realmente la distancia entre tú y yo?

Te dije que por ti hubiese podido mover continentes, hubiese podido secar océanos si nuestro barco fuese a la deriva pero..

..no puedo salvarte si ni siquiera tú sabes si merece la pena subirte al bote salvavidas.

Ponte al menos un chaleco, deja al menos un resquicio de esperanza que mantenga a las cenizas encendidas de lo que un día fue fuego.. y engañémonos pensando que llegado el momento, seremos capaces de avivar la chispa avivando el incendio de todo lo que hoy estamos incendiando.

Porque el no tenerte cerca me hace soñar contigo y sé que esta noche es la última que soñaré abrazada a tu camiseta, y lo último que aún quiero es colgarla en el rincón de los recuerdos, pues de ahí no me permito hacer ningún rescate.

Y porque hoy, daría lo que fuera por darte el valor suficiente como para poder hacerte querer seguir queriendo dormir conmigo.

Y levantarnos, y desayunar pizza en la cama mientras abro la ventana y te digo que esta lloviendo. Y apurar hasta el último segundo mientras, como si quisieras retener el tiempo, me abrazas por la espalda.

Y pasear de la mano por Madrid, y pararnos al unísono frente a cada tienda de libros viejos… el tuyo, sigue siendo para mí mi postre cada anochecer,

(algo que supongo, también debería dejar de hacer)

Anoche soñé contigo, tienes que saberlo. Y en algún momento de ese sueño, eras tú quien encontraba las fuerzas para decirme que todo irá bien, para besarme como el primer día, para acariciarnos durante horas hasta que yo sacara las fuerzas para mirarte…

y así rozar los labios más suaves que jamás he probado.

Pero supongo, que todo sigue siendo parte de un sueño, y el despertador también tiene su papel en esta obra. Y cuando suene, no serán tuyos los buenos días que tenga en el móvil, ni serán mías tus buenas noches nunca más,

o al menos..

…eso deberíamos empezar a asimilar…

Mónica Gae.

domingo, 24 de junio de 2012

Declaración de amor y drama.





Escribir sobre ti me resulta tan complicado… ¿cómo podría describir a la mismísima perfección sin insultar con corrientes adjetivos el sabor que tiene besarte en mitad de la noche?

¿Cómo podría explicarte, que la realidad en tus ojos me refleja, y me asusta, y me acojonas cada vez que creo ver que realmente es a mí a quien miras y no a una imagen estereotipada de un personaje ficticio?

Déjame esta noche ser algo más allá de toda fantasía.. déjate tocar por mis manos con la delicadeza de estar rozando mi más ansiado sueño. Tú no eres ningún personaje, tú eres simplemente…. todo lo que mi corazón ha buscado desde el mismo instante en que bombeó la primera ráfaga de sangre a todo mi cuerpo.

Porque cada uno de mis textos te los he escrito a ti sin haberte conocido, y sin embargo, hoy tiene nombre y apellidos. Tiene los ojos más intensos que jamás he mirado, tiene la piel más suave que han tocado mis dedos. Tiene el cuerpo y las medidas perfectas para hacerme perder el Norte, el Sur, y cualquiera de mis puntos cardinales. Tiene las manos culpables de que me retuerza cada anochecer, tiene la boca con el nombre del pecado que cometería cada segundo de mi vida.

Yo no te he idealizado, te he encontrado. Y créeme cuando te digo que te veo tal y como eres, tú no eres parte de mi imaginación ni de mis miedos, tú no eres parte de un libro romántico que leer antes de caer rendida ante el silencio de la noche.

Tú no eres veneno.. eres una droga deliciosa por la que morir de sobredosis. Eres la conjunción que une el Invierno y la Primavera. Eres la oración subordinada que subordina cada frase de este texto.

Porque escribir mirándote no tiene precio y sin embargo, pagaría lo que fuera por retenerte en este instante. Y es que la cama aun huele a ti y has dejado la habitación llena del sabor de tu piel. Y yo, que pronto tendré que marcharme y alejarme de ti cientos de kilómetros no puedo parar de pensar en lo extraño de no estar asustada por esto. Quiero gritarle al mundo entero que te tengo, que te he encontrado y que haré hasta lo imposible para conseguir que tú no quieras marcharte nunca. Puedo mover la Luna si me lo pides, puedo juntar continentes si me lo ordenan tus manos.. Puedo ser lo que quieras que sea pero sobre todo, quiero ser el amor de tu vida el resto de nuestras vidas.

Quiero susurrarte en la cama que nunca me rendiré ni me cansaré cuando todo vaya mal. Quiero casarme contigo un millón de veces en la playa y quiero que los anillos sean arañazos en la espalda. Quiero enamorarme en todos los rincones del mundo, empezando por el tópico Paris haciéndote el amor frente a la Torre Eiffel. Quiero perderme contigo en Nueva Zelanda, recorrer Australia, visitar Canadá, Croacia, Atenas y Luxemburgo. Quiero llevarte hasta Marte y allí enseñarte todas y cada una de las constelaciones que yo veo sobre tu espalda.

 Quiero empaparme de tu cuerpo en cada lago con tu piel desnuda.

Seré todo lo que me pidas que sea, soy tuya y puedes hacer conmigo lo que quieras.

Morir tendría tanto sentido ahora que he alcanzado el cielo.. Suena irónico pensar esto y sentir al mismo tiempo la impotencia de no poder compartir contigo más de una vida.

Por eso, de momento, déjame regalarte la mía.


Desde hoy y para siempre,


Tuya eternamente.


Mónica Gae.

jueves, 14 de junio de 2012

Caricias fuera de la carta.

Con cascos, mejor :)


Estoy perdida. Perdida y sin saber a dónde ir. 
Supongo que por eso te busco, Diciembre, ya ni siquiera sé si te conozco. Deberías verme ahora mismo, estoy tirada en la playa y son casi las cinco y media de la madrugada, tengo un nombre entre mis manos que no me atrevo a pronunciar y el corazón envuelto en lo que parece un trapo de astillas. 
Es como una bala que ha perdido el rumbo, y me alcanza cada vez que creo saber quien soy. Saber quien eres. Son casi las cinco y media de la madrugada de lo que parece ser la noche más larga de mi vida,

y esto empieza a superarme. 
La canción que tocabas al levantarte mientras yo preparaba el café no suena igual sin tus dedos. Sin la forma que tenían de acariciar la guitarra mientras yo intentaba hacerte reír. Esto parece ser la noche más larga de mi vida pero…
mañana fingiré tener valor. 
Y mientras el humo de la última calada se cuela por mis pulmones, han consumido como este cigarrillo, las ganas de encontrarte. Necesito gritar, gritar a todo, a nada. A todos y a nadie. A mi misma. El frío del invierno ha conseguido estancarse en todos sus sueños, por mucho que digan que ya es primavera. 
Ya no pienso, ni siento, ni lloro. Las últimas migajas de fuerza las necesito para sobrevivir, sin saber si quiera quién eres. 
No te imaginas cuánto cuesta engañarse a veces. 
Y cómo avanzar, si cada paso es un nuevo obstáculo que no quiero vencer. Si pensar en esto es sumergirme en infinitas preguntas que no puedo responder. Ojalá no te hubieses ido, ojlaá tan sólo hubiésemos terminado, todo hubiese sido mucho más fácil. Pero el despertador siguió despierto mientras yo estaba soñando e hizo su trabajo a la perfección. Supo cómo hacerte desaparecer sin dejar una sola prueba, una sola pista.

Pero supongo que ya es hora de despertarse, y aceptarlo debería ser el primer paso. Olvidarte sin haberte conocido nunca estuvo entre mis planes, pero ahora, paralizada ante el inminente regreso del verano, mentiría si dijera que no te echo de menos. Recordar tus consejos nunca fue tan complicado, nunca, como cuando no quiero escucharlos. 
Respóndeme a esto, seas quien seas, ¿qué se supone que me queda si he olvidado por completo a la persona que solía ser? Un mar repleto de dudas entre castillos de arena en donde guardo mis miedos. Y es que tumbada bajo mis sábanas todo ha sido siempre menos complicado, junto a ti, sería demasiado fácil. Por eso quizás, he inventado la necesidad de necesitarte, contigo como objeto de todas mis noches dejo a un lado todo lo demás. Todo lo importante. Lo que realmente debería apreciar. 
Si te doy un beso y tú apartas la mirada, y con sólo una caricia fuera de la carta, pides la cuenta y te vas. Es la más dolorosa de todas las jugadas: saber que apuestas mi sonrisa a una mano robada.

Si.. Pensar que tú eres el mayor de mis problemas o la mejor adicción que acabará conmigo es el camino fácil que desde hace ya demasiadas noches, recorro sola. Una travesía cuesta abajo, el reto de llegar con vida al otro lado, sin volante, ni frenos. Sin tus manos. 
Porque buscarte a ti, tengas el nombre que tengas, es la mejor escusa para no encontrarme a mi. Y verme, con los ojos cerrados y frente al espejo, en lo que nunca hubiese deseado convertirme. Alguien sin voz y con el único deseo de gritar a todo, a nada. 

A todos, y a nadie.

A ti, y a mi.

(Dondequieraqueestés)

Mónica Gae.

martes, 12 de junio de 2012

Mi amuleto contra el miedo, tus ojos contra mi.


Anoche casi muero de miedo, y de ganas. Sobre todo de ganas, tienes que saberlo.

Debían de ser las cuatro de la madrugada y yo estaba en el salón leyendo mi último capricho de páginas desgastadas. Empezó a soplar el viento y a él, se unieron unos cuantos sonidos de portazos y ventanas. También un apagón de luz. De repente, en el piso de arriba, comenzó a sonar un despertador. Yo, que normalmente me escondo bajo las sábanas hasta que pasa la tormenta, caí en la cuenta de que nadie vendría a ayudarme, a calmarme y decirme lo idiotamente cobardica que puedo llegar a ser. Así que cogí aire, valor, y busqué una linterna.

Mientras subía las escaleras agarrada a mi propio pecho pensaba en la inmensa cantidad de criaturas que podrían haber en aquella habitación oscura, y entonces, lo comprendí. Comprendí que ya no me asustan tanto los ruidos extraños que hace la noche, que el frío puede quemar una piel desnuda y que tu nombre es la solución a todos mis miedos.

Subía las escaleras, temblaba, y pensaba en ti. En cómo sería tocar tus manos, en qué me convertiría si pudiese alcanzar tus labios y en cómo sería decirte que me tienes completamente loca y que no sé qué has hecho para conseguir eso.  Y mientras pensaba esto, dejaban de existir los monstruos, las películas de miedo y las muchas otras que mi cabeza había creado. Porque estabas tú, aunque no estuvieras, y eso me bastaba para dar un paso más. Y otro. Y otro. Y llegar a esa habitación sin luz y buscar con la pequeña linterna el maldito despertador que minutos antes había alzado mi imaginación a la altura de la próxima de Saw.

Pero ahí estaba yo. Y tú, en mi cabeza. Y en mi pecho y en mis manos y en cada una de estas palabras que dudo mucho que leas, pero ahí estabas tú. Y eso me basta. Me basta porque me hiciste pensar que ahora que te conozco no podría pasarme nada, no hasta alcanzarte, y aún no te he alcanzado.

Pero lo haré. Y entonces tendré que buscarme otro antídoto contra el miedo, los fantasmas y los muy diversos seres que alimentan mi masoquista imaginación, pero hasta entonces y de momento, amansas mis pesadillas, te has instalado en mi corazón y puedo subir las escaleras a oscuras, en mitad de la noche, y contigo en mi cabeza.

Y eso, me basta,

ya lo creo que me basta.


Mónica Gae.

domingo, 3 de junio de 2012

Provocando un clic.


Dime tú, y sólo tú,

Si esto que siento es miedo a enamorarme o amor al miedo.

Dime si mis palabras son reales o producto de mi imaginación

-o incluso, en último instante, de la tuya-

Dime si la necesidad de huir de esta pequeña ciudad es fruto de una serie de desastres, o de haberme inventado yo misma, todos y cada uno de ellos.

Dime si realmente quiero encontrarte,

O las ganas de retenerte en un espacio inalcanzable, harán de mis sueños los únicos amantes capaces de abrazarme al caer la noche.

Dime si lo efímero de pensar que estas en cualquier lugar ganaría la partida a la cruda realidad que acompaña estas palabras,

realidad asfixiante cuanto menos siento, 

teniendo en cuenta mi autodestructiva dependencia de intensificar cualquier detalle insignificante a la mayor calamidad carnal que nunca he saboreado.

-Tus manos, las mías.

Dime si algún día podrán conocerse-

Dime de dónde viene el miedo a cruzar una ridícula palabra contigo, y dime de dónde viene el valor para esta necesidad que me oprime el pecho si cae la noche y aún no te he recordado que sigo existiendo.

Que sigo respirando, y que tú te has convertido en el objeto de mis ingenuas, -como poco- fantasías sin ningún sentido.

Sin pies ni cabeza. Y sin manos, ni piernas, ni ojos, ni labios.

Dime, -porque se esta consumiendo el piti y pronto volveré a encerrarme entre cuatro paredes-, si debería pedirte las llaves de ese laberinto que son tus manos y me muero por cruzar.

Porque estoy inmersa en la oscuridad de un folio en blanco que se niega aún a escuchar cómo sonaría tu nombre escrito. Porque no sé si son mis manos las que están acojonadas o soy yo la que teme darles valor.

Porque si escribo, en un jodido descanso de biblioteca, es porque sé que quizás, sólo quizás, veas esta absurda actualización, sientas curiosidad, y la leas.

Y sonrías al pensar que la mínima probabilidad existente de que te este escribiendo a ti, sea para mí la única probabilidad que existe. 

Y hagas un clic que mueva una pestaña en mis “Interacciones” y me saques la sonrisa más tonta que pueda sacar 

por recordarme,

con algo tan insignificante como eso,

que sigues respirando,

 aunque yo no sea el objeto de tus noches, ni de tus palabras, ni de tu poesía.




Ni sea tu musa,

ni nunca llegue a serlo.



Mónica Gae.