viernes, 27 de julio de 2012

Después de la tormenta.



Después de la tormenta, de la jodida tormenta, 

tú. 

La tempestad disfrazada de calma. Mi último salvavidas en medio de esta nada infinita de arena que no hace sino infectar la herida.

Tú.

Tú que conoces cómo hacerme sonreír y perder los papeles y hacerme soñar y dejarme sola en cualquier calle para que vuelva por mis propios medios a ti. O en su caso, a cualquiera. Porque sabes ciertas cosas y por ello sabes que me gusta perderme en mi misma y en ti y en otras pieles quizás, pero sobre todo, sobre todo sabes que me gusta sentir que soy capaz de encontrarme en un momento de caos y drama que consiga causar estropicios reales en mi sien.

Tú que conoces ese punto en mi espalda y ese otro en el cuello. Tú que sabes qué decirme para que me quede sin palabras y qué hacer para conseguir que se me amontonen en los dedos. Tú, que siempre huyes y vuelves y te vas y no regresas pero siempre estas. Tú que conoces tan bien que me muero de celos cuando le escribes a ella y que odio los celos y me odio por ello pero sobre todo, en ese momento, te odio a ti. Y a ella. Maldita sea. Cómo la odio a ella en ese momento.

Porque conoces lo malo y lo bueno de esta historia a la que podría titular Mi vida y aceptaste y aceptas que a veces no quiera escribir tu nombre en ella. Que aceptas lo mejor y lo peor de que en ocasiones prefiera una hoja en blanco a contarte a ti lo que siento. O lo que no siento. O lo que temo sentir.  Porque como tú dices,

“eso que escribas lo podré leer aún cuando te hayas ido y, muy a mi pesar, sé que algún día te irás.”

Y te quedas tan a gusto después de pensar soltar eso.

Y en ese momento te estamparía el mismísimo portátil y la estantería y el libro que me regalaste y mi mano abierta en la cabeza pero luego te miro y me miras y yo recuerdo por qué piensas dices eso y me amanso.

Me amansas.

(Cómomegustaesapalabra).

Te miro y me miras y me tengo que callar y tengo que tragarme las ganas de odiarte, el orgullo y esta bipolaridad enfermiza. Te miro y me miras y tengo que tragarme que quizás sea la maldita verdad.

Porque tú, joder, tú también escribes y lees poesía y dominas tanto vocabulario que temo a veces necesitar un diccionario cuando hablamos. Y me haces muy pequeña, diminuta, me conviertes en una triste inseguridad andante y yo temo serte sincera y que descubras que tras este personaje existe también una persona, un ser humano normal y corriente que a veces olvida escribir y utiliza la Wikipedia para saciar la incertidumbre de no saber si ciertas provincias se escriben con B o con V.

Y tú no te inmutas ante tal revelación de ignorancia, como si te concentraras en engañarte y el más mínimo pestañeo fuese a destrozar nuestra idílica mentira de amor y odio y veneno y huídas y venidas.

Tú, en contra de cualquier previsión, mantienes esa forma de mirarme y tocarme y decirme sin palabras que el silencio es la mejor conversación. Y me matas y me destrozas y duele y sangro y tú lames -sólo en contadas veces- las heridas que nos causamos. Y no sabes, porque no te lo digo ni te lo dije ni te lo diré que esta ausencia de ti me despierta a veces en mitad de noche y no puedo despertarte ni llamarte ni escribirte porque claro, no podemos hablar.

"Eso no sería poético."

Sería romper el drama.

Y tú, tú necesitas el drama tanto como yo. Y puede, solo puede, que esta catarsis que nos une y nos separa a tantísimos kilómetros no nos corte nunca las alas y nos mantenga en este cielo o infierno o purgatorio. O puede que sí lo haga y nos estampemos con la mismísima realidad paralela que tú vives en sueños y yo intento soñar despierta.

Porque somos parte de una novela, de una maldita tragicomedia, del humor negro de Hemingway o el sarcasmo resentido de Bukowski.


Y sería muy triste pensar en voz alta para dos yonkis del drama,

que

tú y yo nunca tuvimos ni tenemos ni tendremos nuestro tan amado final.







(o sí y lo que acabas de leer
no es sino
 la última página de esa historia.)


Mónica Gae

3 comentarios:

  1. Dan, Mònica, ganas de ser ese "tú". Pero sólo hasta cierto punto. Dan ganas porque debe ser maravilloso la forma que tienes de amar y, por tanto, ser el objeto de ese deseo amoroso. Pero tiene ese "tú" que escribes algo que a mí no me identifica, un punto de frialdad, o de distancia, o de superioridad, que me impide identificarme. No lo critico, pero me aleja. Creo que mucho mejor sería que eses "tú" fueras tú. (Dicho esto, es un relato sensacional, que emociona y está escrito con mucha sensibilidad, como siempre. Felicidades).

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    1. La frialdad y el orgullo son lo único que me mantienen con vida a ciertas horas de la madrugada, créeme, es sólo una coraza inmensamente idiota la que intenta fingir tales sentimientos, y aunque a veces parezcan tan naturales, ojalá lo fueran. Pero no.

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  2. Repetí la palabra "identificarme". :-(

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